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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Orgullosos

Dejo por unos días de mirar hacia dentro y busco fuera, a ver qué encuentro.

Resulta que me llama la atención la siguiente pegatina: "Orgulloso de ser español y católico". ¡Olé! Me choca porque yo no estoy orgulloso de ninguna de las cosas. De la primera porque no depende de mí dónde haya podido nacer ni criarme. Mi familia podría haberse mudado a Guatemala porque sí, o mi madre haberme tenido en el Vaticano, por el susto. Podría ser iraní o congoleño y supongo que estaría agusto siendo ambas cosas. Otra cosa es que te avergüence o no lo que SUCEDA en ese país, pero entiendo que no hay confusión en el eslogan. En lo que nos toca, vale, sí, hemos ganado un Mundial y de repente somos los mejores en todo (ejem, ejem), pero el que no se consuela es porque no quiere. Los noruegos se suicidan más y ahí los tienes, dándonos vuelta y media. Cada uno... De la segunda, porque no lo soy, y estar orgulloso de algo que no se es suena un poco estúpido. De aquí a mañana me nace el orgullo de ser rubio y me quedo con la peña.

Supongo que la etiqueta trata de ser un resorte antinacionalista y, de paso, reivindicar lo de los crucifijos en las aulas. Otra explicación no encuentro, pero tampoco tiene porqué tenerla. El orgullo es algo muy respetable.

Lo del nacionalismo... a ver, tema para otro día, si me veo con ganas. Lo que sí creo es que son más las cosas que nos unen que las que nos separan, dentro y fuera de ninguna bandera. Reivindicar algo que, creo, nació por asuntos fiscales hace un porrón de años y se ha ido retroalimentando a sí mismo, no sé, no sé.

Lo de los crucifijos en las aulas... esto sí me apetece.

Ignorante yo, me ha tocado estudiar en un sitio con capilla y con cruces allá donde miraras, y no me han salido sarpullidos, de lo cual deduzco que a) no soy ningún vampiro y b) sería absurdo molestarme, lo quiera o no he sido criado en una educación católica y me aburría como nadie en la misa del domingo (culpa suya, no supieron captarme como cliente). Me encantan las catedrales y he sido el primero en pararme un rato largo ante los 'Atalaya people' que me han querido convencer con argumentos tan de peso como que lo de la redondez de la Tierra ya venía en la Biblia. Vale, que se lo hubieran dicho entonces a Galileo, católico de pro. "Hola, majo. ¿Te gusta leer?" Ojito con la pregunta. Si respondes que sí, te atacan, si les dices que no... tu imagen corre peligro. "Eh... sí, pero no eso." Punto medio.

Si un aula tiene un crucifijo, ¿hace falta quitarlo? Nunca llegaremos a un acuerdo. Si de mí depende, lo quito y lo utilizo como atrezzo en cualquiera de mis grandes superproducciones pendientes de realizar, y eso que me ahorro, porque entiendo que nadie va a un aula a rezarle al susodicho, a no ser que tenga un examen sorpresa. ¿No estamos en un estado aconfesional? ¿La educación no era laica? Pues eso. Me lo pasaba de puta madre en las clases de Religión del instituto... ¡claro!, hablábamos más de ética/filosofía que de otra cosa. ¿Se trata de discutir la existencia de Dios? Estupendo, lee a Santo Tomás entre mil otros, párate a pensar y saca tus propias conclusiones. ¿Se trata de cultivar la fe? Chico, ve a la iglesia, vive en Jesús, lee los Salmos, dona a Caritas y sé una buena persona, para variar. No vendamos una cruz porque "somos un país católico". No digamos eso de que los inmigrantes tienen que adaptarse (obvio) porque confundimos creencia con costumbres y churros con leyes. No seamos hipócritas, si de verdad creyéramos en lo que hizo Jesús nos iría mucho mejor. Nos gusta etiquetarnos, casarnos ante un altar y bautizar a los demás sin consultar pero ¿quién es católico aquí? ¿El que no usa preservativo, el que opina sin saber de la adopción homoparental o el que dedica su tiempo libre al voluntariado? Nos peleamos por un pedazo de latón, nos hacemos cruces (estoy que me salgo) y ponemos pegatinas. Así nos va.

Si un aula no tiene crucifijo, ¿se lo ponemos? Prefiero un cuadro en blanco, y así al menos estimula algo mi poca imaginación.

Y sí, hoy estoy tocapelotas. Cada cual que crea en lo que le dé la gana.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Dirás

Dirás que ya me vale.

Te preguntarás por qué no te he llamado, después de más de un año. Después, realmente, de varios años. O no... Tampoco soy tan importante para que te plantees estas cosas. "Es lo que tiene dejar estas decisiones a alguien patológicamente tímido como yo", aunque no te lo creyeras. Lo de tímido. Lo de dejado creo que sí coló. En cualquier caso no es una excusa, y debería haberte llamado después de aquello. Nadie te puede decir lo mucho que significaste para esa persona y luego desaparecer como si nada. No es coherente. Pero en mi cabeza todo cuadra. Mi cabeza... ese es el problema. Sigo pensando lo mismo. Lo mucho que significaste. Mi cerebro funciona a base de ideas muy concretas que separo con puntos y seguido. Retazos. No encadeno dos subordinadas seguidas. Son imputs que me vienen. Y que escribo. Sin pararme a pensar. Porque así es sencillo escribir, supongo, o eso decía McCourt: "escribe fácil".

Alguna vez lo he pensado, lo juro. Eso de llamarte. Pero me da tanto miedo. Miedo a no saber qué encontrarme. Miedo a no saber de qué hablar para parecer interesante. Porque tengo que ser alguien interesante contigo. No puedo ser yo, o no me atrevo. Creo, además, que no me conociste. Que no me dejé ni siquiera intuir. Seré un cobarde... Fui un cobarte. Y un estúpido. Por no pelearte, si lo sentía. Por ver cómo se fue... lo poco que hubo, al menos. Te sentías sola y llegué yo. Me sobraba. Al principio. Entendí mi papel. Eso fue más tarde. Y no, no es un reproche. Al contrario.

Ese email fue fácil. Cinco minutos de grandeza. Cuatro líneas a las que he podido dedicar horas para que todo encaje. No fue el caso, pero nadie lo sabrá. Lo envías a la nada, apagas el ordenador y te olvidas. Si no hay respuesta, no importa, tú ya cumpliste. Si la hay... valió la pena. Llamarte es otra cosa. Llamarte es escuchar tu voz o tus silencios. Es recordar y no saber a qué atenerte. O qué esperas de mí, si es que esperas algo y mi imaginación no me traiciona. Porque a veces me traiciona. Mi imaginación.

Es incoherente, lo sé. Mi forma de escribir. Mi forma de pensar. Hoy. Ahora. Quería felicitarte, pero me ha salido esto.

Dirás por qué me acuerdo. De esta fecha...

No sé, siempre me he acordardo.

sábado, 11 de diciembre de 2010

La palabra 'motivar'

'Palabra' y 'parábola' comparten la misma etimología. Lo mismo que la gastada 'crisis' y 'crítica', 'familia' y 'hambre', o 'tonto' y 'atónito'. Es lo que tienen -las palabras-, que no dejan de sorprenderte. Una de las lecciones más útiles que medio descubrí hace unos años fue precisamente el interesarme por ellas, tan esbeltas (o no), con ese trazo... hmmmm. Y lo tuvo que forzar alguien que va y te explica por qué es experto en Derecho y no en Izquierdo, aunque una idea vaga ya tuvieras. Sembrarme esa semilla era lo que convertía a este señor en un docente excelente y a mí en un ser plenamente consciente de su ignorancia.

Parece contradictorio aprender eso en Audiovisuales, pero al fin y al cabo todo es lenguaje, desde un silencio hasta un paneo. Casi siempre hay un motivo para el cual eliges un primer plano o un tiro de soslayo, sólo que a veces no eres consciente en ese momento. Luego, si lo ves y funciona, es perfecto. Si algo no va bien, averigua dónde está el fallo. Filmar es escribir. Escribir es interpretar. Interpretar, dibujar un cómic. Y dibujar un cómic, no saltarse el eje. Bienvenidos al maravilloso mundo de la Semiótica y de la Semiología. A ver si lo entendéis y me hacéis un resumen.

Yo era (y soy) más de los números, me siento más cómodo en ellos. No sé, todo es más fácil: aprendes las cuatro reglas y ya sabes hacer un taco de cosas. Luego te dicen que las Matemáticas son tremendamente inexactas, y que en cambio hay quien disecciona un instante en palabras con la precisión de un cirujano. Claro, te confundes. Tardas diez minutos en leer un párrafo de 10 lineas (sí, sí, un minuto por línea) escrito por Imre Kertész y no dejas de pensar que este tipo es un cabrón por complicarte la existencia. "¡Qué hijoputa!" fueron mis palabras exactas: concisión milimétrica.

A veces muchas dudas que tengo parecen menos dudas cuando logro ubicarlas bajo un concepto acertado, y resolver mis problemas pasa en gran medida por aprender a definirlos. No es que dejen de ser problemas, pero encontrar las soluciones es la parte más divertida. Lo jodido viene antes: "conócete a ti mismo". ¡Qué cachondos!

Hablaban antes en la radio de la motivación. Y recuerdas entonces que a veces esos mismos problemas pasan también por una falta evidente de eso, de carecer de un faro, de no tener un compañero de viaje que te espere cuando estás cansado y te diga que ya queda poco. Tener todo eso ayuda, y ayudan también las palabras, la idea que generan, fantasear con esa idea... aun sabiéndola imposible. Permite creerme por un instante que soy capaz de grandes cosas. Que no todo es tan raro. Que en el fondo tengo suerte.

Motivar (definición RAE):
1. Dar causa o motivo para algo.

Motivar (etimología):
Del latín motivus = movimiento.

Parece fácil.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Impares

Hoy fueron siete. Ayer, cinco. Pasaron más de tres. Casi siempre es uno. 
Siempre son impares.
Hoy no estoy mal.
Mañana estaré mejor.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

I just believe

por haberme hecho mejor,
por regalarme un sueño,
por no haberte conocido...
mi recuerdo.

 

martes, 7 de diciembre de 2010

El primer beso

Todo fue falso y normal hasta el momento de la despedida. Hablamos de cosas intrascendentes, ella llevaba el peso de la conversación (lo que no le resultaba muy complicado) y yo trataba de contrarrestar sus reveses con golpes de ingenio absolutamente patéticos. Me sentía como en un examen, pero ahora no podía marcar el tempo ni mucho menos elegir a qué pregunta responder o no primero. Tampoco valía hacer tachones y escribir de nuevo. No tenía Tipp-Ex corrector, ni había estudiado el temario. Era distinto a todo lo que conocía hasta el momento, era yo contra ella, y no encontraba mejor sitio donde esconderme que en un hábito improvisado donde no quedar como un idiota, sino como alguien descaradamente interesante. Fracasé.

A pesar de todo, y tras ver cómo sus labios (infinitamente cerca) me explicaban el origen de la luna sarracena, me hizo la pregunta para la cual no estaba entrenado. Quizá estuviera desesperada, harta ya de esperar a que diera yo el primer paso: "¿qué tiene que hacer una chica para salir contigo?" Yo en mi papel de gilipollas, intenté contraatacar con una respuesta nada improvisada, fruto indudable de mi ingenio abismal y de la seguridad que siempre tuve en mí mismo: "me tendría que gustar". Con dos cojones.

Educada ella, optó por no darme una hostia (cosa que lamenté) y en su lugar se dio la vuelta sin más. Supongo que llorando. A mí me faltó tiempo para discernir si esa pregunta era o no una proposición, porque quién en su sano juicio iba a preguntarle una cosa así a alguien como yo sin ánimo de reírse en su cara. Ante la duda, mi respuesta suponía una bonita defensa contra las artes oscuras, y me volví a casa pensando en qué canción sonaría si eso fuera parte de una película de serie Z. ¿Volvería el protagonista (o sea, yo) corriendo a la puerta del bar, bajo la lluvia? ¿Firmarían los dos la paz en el preciso instante en que rompe la batería? Por desgracia, el guionista no cayó en el tópico. Esto era hiperrealismo salvaje en una peli de las malas.

Dos semanas más tarde decidió perdonarme (o yo pedir perdón, ya no recuerdo), nos tomamos la revancha y la chica decidió que yo no era malo por vocación, sino por incapacidad. Tuve por fin ocasión de completar esa frase demoledora con su segunda parte (para que luego digan cosas malas de las segundas partes): "me tendría que gustar... Y TÚ ME GUSTAS".

Ante la falta de un 'Dawson crece' que te enseñe cómo besar con 15 ó 16 años, uno improvisa con las cuatro nociones que tiene de los clásicos, cuando el guapo y la guapa cierran la boca y juntan carrillos durante no más de diez segundos antes de fundirse en un cálido abrazo. Las revistas que uno leía tampoco ayudaban, ya que el chico y la chica solían gozar el uno del otro en plan bestia y sin necesidad de tanto protocolo. Así que uno tuvo que malaprender a cómo evitar dientes y nariz sin más ayuda que el ensayo y error. Y así, entre tanto aprendizaje, llegó el primer beso.

Y todo fue distinto.

martes, 9 de noviembre de 2010

El club de los mejores

Cerca de mi casa hay un cruce donde los coches que vienen por una calle realizan el giro sin ceder el paso a los que llegan de frente. En teoría quien conserva su trayectoria debe continuar sin mayor estorbo, y si uno la cambia se espera y punto pelota. La maniobra, pues, está mal, pero por el motivo que sea siempre se ha hecho así. A mí, que a veces me da por provocar, se me ocurrió hace un par meses ceder el paso, así, sin avisar. Los coches que venían de frente comenzaron a mirarme con estupor, y al cabo de dos o tres segundos, el de detrás aplaudía con fervor y en lenguaje bocinero mi audaz ocurrencia, pero que si eso podía meterme el ceda por el ano. Bonita anécdota.

Cambiando de tema, pero al hilo, Platón ya decía que el sabio era la persona más apropiada para gobernar... ¡Qué insolencia! Entre charlitas y otras intimidades con acólitos se le ocurrían semejantes barbaridades, como si no tuviera bastante diciendo que una longaniza no era tal, sino el reflejo de "la" longaniza. (Hay que doparse mucho y haber visto Lost 3 ó 4 veces para llegar a semejante conclusión.)

Pero vamos, no pretendo ahora hablar del griego, ni siquiera de mi ano, obviando la relación entre ambos términos. El tío va y dice que la sabiduría es lo que caracteriza a los gobernantes, cuyas mentes se han desarrollado tanto que son capaces de entender las ideas y, por lo tanto, tomar las decisiones correctas para encaminarnos a un Estado justo. Con un par.

Yo, que no sé mucho de nada, me pregunto cuánto pagaron al matón que se cargó al sentido común. ¿Facturó el encargo? Y lo más importante de todo, si se lo pidió un Ayuntamiento... ¿lo habrá cobrado ya? A lo peor (y sospecho que así sea) sencillamente nunca lo hubo, y me refiero al más común de los sentidos. La prueba la encuentro todos los días cuando leo la prensa o escucho a algún político. Te dan ganas de preguntarles: "¿qué opina usted del concepto de longaniza?" ¿Y de su primo hermano, el chorizo? No, Lández, no... no caigas en lo fácil.

Los políticos de hoy, que por suerte son los únicos a los que he conocido, tienden a ser una mala copia de los sofistas de antaño. Lo malo de eso es que luego llega el tío Sócrates y los pone de vuelta y media, porque en lugar de perder el tiempo con palabras vacías es mucho más guay preocuparse por el hombre y llegar a conclusiones de vez en cuando. Ojo el tío lo que sabía.

Yo a las conclusiones que llego mientras desayuno mis cornflakes son que:
a) prefiero el pan tostado con aceite.
b) la pena de nuestra Democracia es que ya no sé a quién votar.

La (a) tiene fácil solución, pero con la (b) tengo un problemón. Tengo unos cuantos meses antes de las próximas elecciones y un blog por delante para ver si lo soluciono, pero ya jode que entre unos y otros se hayan cargado la ilusión de un votante tan decisivo como yo. Si Azaña levantara la cabeza, sería un zombi. Y estaría muy cabreado.