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domingo, 30 de octubre de 2011

Campanas

Se oían campanas al regresar, y la sensación era placentera. (Tú, inteligencia y contradicción a partes iguales, tal vez sepas a qué me refiero.)

Porque vivimos tiempos rellenos de vacío, sin más ni más que una compensación caduca e inmediata, carente de todo efecto residual. 

Porque ese sonido, tan dulce y eterno, abre las puertas a la esperanza y deja a su vez un palmo al cerco por si, aprovechando las fechas, se quiere colar algún espíritu perdido.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Primer aniversario

¡Desnudémonos, untémonos mantequilla y soplemos la vela! (En ese orden, por favor.) 

Hoy cumple este blog su primer añito y una efemérite tal hay que celebrarla... Y es que uno nunca sabe en lo que se mete, y lo que surgió un buen día por aburrimiento ha degenerado en esto que algunos (inexplicablemente) leéis de vez en cuando. mardeland, en cualquier caso, llega al ecuador de su vida con las ganas intactas por seguir adelante y trabajar en su otra mitad. Y aunque tardó en arrancar, luego creo que ha encontrado una cierta dinámica a la hora de renovar su escaparate.

En todo este tiempo he recibido visitas procedentes de diez países distintos (algunos tan sorprendentes como Irán o Malasia), desde ocho sistemas operativos disferentes (nunca pensé que hubiera tantos) o a través de un total de nueve gestores de Internet (idem).

Uno nunca sabe por qué tropieza alguien con esta página. Tal vez hablar del Asperger o escribir "pene" en vez de "pena" sean viejos (e infalibles) trucos hasta para los motores de búsqueda más sofisticados de Google. La entrada más vista, con diferencia, es "Os oigo", y de nuevo uno tampoco aprendió el marketing necesario para entender los motivos.

El caso es que está bien. Esto. Todo. Lo de contar bobadas, soltar lastre y hacer de rana Gustavo en noches de luna menguante. Es jarabe para el alma a veces, y otras un mero ejercicio para demostrarse a uno mismo que la magia existe, porque no hay mayor ilusión que la de teneros, sean cuales sean las razones, como lectores.


domingo, 16 de octubre de 2011

Una buena sotana

Mi abuelo no dio la talla para engancharse en la Policía Armana desde la mili: le faltaron 6 centímetros y una buena sotana que le recomendara. Como no tenía oficio ni beneficio, la idea era meterse donde pudiera, y a los de la Guarcia Civil (los desertores del arado) les tenía cierta inquina desde pequeño. 

De vuelta de Badajoz, trató sin suerte de colocarse como guardia de arbitrio en Alcalá. El examen lo hicieron tres personas y consistía en: un dictado, una lectura, una multiplicación y una división. Por aquel entonces lo normal era ser analfabeto, y si encima eras mala persona te colocabas en primera fila para una medalla o una hostia (con h). El caso es que uno de los tres aspirantes se retiró nada más ver el papel: "Yo para esto no valgo...", y el otro parece ser que se equivocó en las cuentas. "Ya está", pensó mi abuelo, "la plaza es mía". No contó con que, a falta de matemáticas, bien sirve tener como hermana a la sirvienta del alcalde, así que de nuevo se acordó del cura y de la madre que lo parió.

No le fue mal, la verdad. Entró como guarda de noche en el Silo y allí se quedó para los restos, colocándose como ayundate de maquinaria y sucesivos grados de oficial. Se esperaron a su jubilación para ascenderle a maestro, ya veis. Con eso se ahorraron subirle el sueldo y despedir como se merecía a uno de tantos, que supo ganarse el pan siendo más o menos honrado. Con lo difícil que es eso.

Evolución

- ¿Alguna vez has pensado en el futuro?
- Para eso queda mucho tiempo.

sábado, 15 de octubre de 2011

Nuestro lugar en el mundo

En cada entrevista me preguntan lo mismo. ¿Por qué estudiaste la ingeniería? Supongo que quieren escuchar un discurso bien estructurado y unas razones que pongan cachondo a cualquiera que pase por allí, pero lo único que se me ocurre es devolverles la pregunta: ¿tenía usted claro qué estudiar con 17 años? Yo no.

Es complicado evaluar si me arrepiento o no de haber estudiado esa carrera. Me duele más bien el no haber sido alguien comprometido con aquello a lo que regalé algunos años. No supe reaccionar a tiempo, supongo, por miedo, pereza, compromiso hacia una decisión adquirida y, sobre todo, por inercia. Me limitaba a ir a clase, a estudiar unas semanas antes de exámenes y a sacar hasta buenas notas. Es lo que se me daba bien y lo que hasta entonces siempre había hecho, pero uno rara vez percibe la dimensión de sus actos en el presente, y necesita de cierta perspectiva para darse la vuelta y no convertirse en sal. Lo que siempre escuché, eso de que es una época donde nos jugamos más de lo que creemos, cobra entonces su sentido, y das la razón a quien dijo que somos esponjas deseosas por encontrar nuestro lugar en el mundo.

Yo lo fui (esponja) y por suerte todavía creo serlo los días pares. Sigo buscando el lugar, though, como dice la canción, y creo también que no hay que perder de vista las flechas que, aparte de señalar el camino, nos susurran al oído que nunca, pase lo que pase, hay que dejar de caminar.

15O

En estos momentos la Puerta del Sol, como otras tantas plazas en miles de ciudades de todo el mundo, está colmada de indignados, y en unos minutos sonará la Novena Sinfonía de Beethoven, canto universal al tiempo que himno de la Unión Europea. 

Se agradece, ¿no? Que cada uno, con sus medios y desde su particular tarima, no deje de gritar contra aquello que confronta con su modo de pensar y, en ocasiones, con el común de los sentidos. Evidentemente, yo no estoy allí en estos momentos, pero alguna que otra manifestación llevo a cuestas. No me entusiasman, no creáis: eso de repetir lo mismo que la voz cantante, o lo de escuchar cosas que (ok) compartes frente a otras que (ko) discutes. (La masa es lo que tiene, que recuerda a un rebaño y suprime de un plumazo la crítica individual.) Sin embargo no puedo más que apoyarlas, porque son los latidos de una sociedad que evita la parada cardiaca, empujan a pensar que no todo está perdido, y recuerdan que "público" y "pueblo" comparten un origen común.

Volviendo al sordo y a su música, será un acto emotivo en el que, espero, los allí reunidos cedan la palabra a unos compases que rezuman esperanza (en minúscula) hasta en sus silencios. Y con eso me quedo, con un optimismo costoso nacido de personas que, cinco meses después, se resignan a permanecer calladas.

viernes, 14 de octubre de 2011

Odio esos anuncios

en los que a partir de una conversación a dos surge la empresa que tanto nos hace falta. ¿Cómo pudimos vivir bajo el velo de la ignorancia? No estábamos hechos para tanta oscuridad y entonces cayó del cielo la Divina Providencia en forma de amig@a sabelotodo que, casualmente, lleva encima la receta para sanar nuestra herida y el número de teléfono de ese sitio, firma o marca de profiláctico que nos va a cambiar la vida. Y su voz... tan cantarina y penetrante que desearías llevártela contigo a un bingo. Y su ocurrencia... digna del mejor comercial que trata en vano de embaucarte creyéndote más tonto que su pareja.

Odio esos anuncios, como odio a quienes no saben mostrarse más allá de una sonrisa fingida, un traje bien planchado o una frase de libreta. Quienes no transparentan al actor tras el personaje, y se saben profundamente vacíos pero envueltos en papel couché.