Vistas de página en total

lunes, 20 de diciembre de 2010

Señor de la flor

De todos es sabido que la llegada de la primavera incita al retoce por los parques y a la búsqueda de la perpetuidad. Por eso hay tantos cumpleaños en Diciembre.

Te tengo en la agenda desde hace tanto que mirar más atrás me exigiría una sesión de hipnosis. Hemos pasado por huevo y medio de cosas juntos, nos hemos conocido más etapas que La Grande Boucle y no necesitamos decirnos nada para somenternos a un análisis de retina.

Recuerdo cuando se me jodió la bici y me esperaste en la reserva. Y cuando te chinaste en el poli por acabar yo hasta el rabo y dejaros con uno menos. Hay de todo, veinte años largos dan para mucho. Sellamos el pacto de sangre con esta década, y nos dio por quedar y querer cambiar el mundo. Reconocía en tus fases esas mismas por las que yo ya fui pasando con anterioridad: tal vez fui un adelantado. Mi recuerdo más nuestro es esa noche en Florencia, cuando tú cojo y yo perdido te gritaba que no podía confiar en ti, y tú me rogabas que no te abandonara. Vaya dos. Mejor pasar la noche en la calle pero juntos, y haciendo hueco al chihuahua. Los viajes así se llevan mejor con alguien al lado con quien tomarse una botella de vino, a pesar de las disputas.

Hace un siglo me dijiste que fuera de un aula no tenía ni idea. Lustros más tarde me acusaste de ser más fuerte que tú. Sin acritud ;) Ni una cosa ni otra. He mirado alrededor con mis propios ojos, creo, eso es lo que nos hace diferentes el uno del otro. Y no pasa nada. Si a pesar de la distancia, si a pesar de no llamarte, si a pesar de tanto humo, somos capaces de encontrar complicidad con una tontería que sólo tres o cuatro personas comprendemos, resulta que no ha cambiado nada, y que todo es más sencillo cuando nos limitamos a mirarnos a los ojos y a reírnos de nuestra propia hipocondría.

Señor de la flor, que cumplas infinitos.

domingo, 19 de diciembre de 2010

(Sin título)

Fingió correr, huyendo de la niebla. Trataba de alejarse de donde la vergüenza es más torera que el deseo, y no se le ocurrió mejor escondite que su propia casa. Cruzó a zancadas el jardín. Sin tiempo para usar la llave, resolvió cruzar por la mirilla, encogiéndose infinito. Tanta prisa tenía. Subió de un brinco a la buhardilla y se escondió dentro de un jarrón. La niebla llamó a la ventana. Toc toc. Del susto, cayó el jarrón y estalló en mil pedazos. Niebla y él se miraron, por vez primera. Abducido, despertó y se asomó a la ventana. La niebla seguía ahí. Quiso romper el cristal y que el vapor se escondiera también bajo la cama. Funcionó. Y así pudo ver por fin por su ventana. Y vio una estrella fugaz.

Mi joven padawan

Me gusta pensar que aún no hablas porque no tienes nada que decir. 

Eso te convierte en el mejor de todos nosotros, en el más sabio, en el más coherente. Pronto descubrirás las palabras y con ellas todo lo demás, y aprenderás a llorar y a reir de vez en cuando, y sabrás que lo mejor y lo peor se ocultan bajo las mismas letras, lo mucho que pesa la pérdida y lo que duele la vergüenza. Entre otras muchas cosas.

Mi joven padawan, yo me conformaría con enseñarte a atarte los cordones del zapato, si es que no has aprendido ya. Querría regalarte un tiempo infinito para jugar contigo, y que juntáramos tu frente y la mía, como cuando nos intercambiamos las ideas, y sentir que te calmas en mis brazos, y que me sigues imitando cuando hago el ganso.

Me gusta saber que ya no me lloras, y que se te ilumina la cara al verme. Te quiero tanto que me desconozco, y temo tanto poner alguna esperanza en ti que me sé profundamente injusto.

Felicidades, amigo.


sábado, 18 de diciembre de 2010

Morir ahogado

Morir ahogado me parece la más terrible de las muertes, pero algo me dice que sería distinto conmigo. A mí casi me pasa... lo de morir ahogado. 

Era infinitamente pequeño, acababa de cumplir los cuatro años. No sé si eso lo convierte en el primer recuerdo hasta donde mi memoria alcanza o no. Desde luego es el más nítido, el resto son retazos.

Toda la familia por parte de madre pasamos el día en la finca de mi tío. De la mañana sólo recuerdo que mi prima no me dejó usarlo, era suyo. Yo me encapriché supongo de ese flotador con forma de pato. Era distinto de los demás y eso hizo clic en mi cabeza: tenía que ser mío.

En la hora de la siesta acompañé a mi padre. Sus ronquidos entrecortados ponían música a los círculos de luz intermintentes que se colaban por las persianas, proyectando un caleidoscopio en la pared que me mantenía despierto y fascinado. Todo era quietud. Y yo estaba tranquilo.

Por la tarde ya, ser el más importante de todos los que estaban allí me otorgaba el derecho a presidir una mesa kilométrica a la hora de la merienda. Comimos en el jardín, junto a la piscina, y yo sólo pensaba en coger el pato que flotaba a la deriva a unos centímetros de la orilla. Mi prima estaba lo suficientemente lejos como para que no se enterara de mi atentado, así que no tenía nada más que agacharme, estirar un poco el brazo y obtendría mi tesoro. Era lo más fácil que había hecho hasta ese momento.

Lo siguiente que recuerdo pasó muy deprisa. Me vi flotando, como el pato. Rodeado de azul, plenamente consciente de haber fallado en el secuestro. El pato seguía ahí, solo, algo más lejos que antes. Estiraba la mano pero no lograba rozarlo ni siquiera. Es más, el cabrón se alejaba más y más de mí, burlándose. Yo trataba de moverme, pero creo que por aquella época nadie me había enseñado a nadar. Con el pato a una vida de distancia creo que me relajé y me dediqué a mirar a  mi alrededor. Sentía un impulso enorme de querer acercarme a la escalerilla del otro lado de la piscina. Era incapaz ni siquiera de mover un pie. Forcé el pensamiento, a ver si con eso lograba al menos que la escalerilla se acercara a mí. Ni con esas. En ese ten con ten estuve un tiempo indefinido, no sabría cuantificarlo. Por otra parte no me encontraba nada mal. Estaba inmerso en una quietud fascinante y placentera, casi fetal. Placentero vendrá seguramente de eso, de plancenta. O no. Me sentía bien. A solas conmigo y con mi incapacidad de hacer nada, sólo dejarme llevar. Nada rompía la magia. Nadie tenía por qué romperla.

Pero se rompió. Algo me arrancó de ese útero improvisado y me desgarró de mi infinita comunión con una calma no buscada. El resto fue caos, no poder abrir los ojos, abrirlos y no ver, verlo todo blanco, vomitar, recibir una bofetada, volver a vomitar, ser poco a poco consciente de mi estado, romper a llorar, un terrible dolor de cabeza, arcadas, querer volver al agua...

Nadie sabía cuánto tiempo había estado hundido. Nadie se dio cuenta ni me vio caer, porque mi plan y mi sigilo así lo quisieron. Pudo ser dos segundos o siete minutos, no sé. A mí me pareció eterno. Mi tío, el mismo que me apadrinó, se dio cuenta de que no estaba y fueron sus manos las que a modo de forceps improvisados me hicieron nacer otra vez. Supongo que mis padres se sintieron terriblemente culpables por no haber sido ellos los que estuvieran pendientes. No lo sé.

Mi madre, que reza todos los viernes al Cristo de los Doctrinos (no sé muy bien si para seguir dando gracias por aquello o para pedir que me convierta algún día en alguien normal), sigue pensando que aquello fue un milagro de Dios y que eso significa necesariamente que ese mismo Dios me tiene reservado una función importante en esta vida...

Es realmente sorprendente lo que pueden llegar a pensar las madres. Yo sólo quería un flotador en forma de pato, y todos nos hemos tropezado alguna vez.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Dulce niña

No debería escribir ahora. Lo hice hace unas horas (antes de morir de frío) y eso rompe la norma, pero ya echo de menos nuestra charla a medias, y de eso hace sólo un rato.

Aunque gustas quedar conmigo, y tú eres mi dulce niña, lo cierto es que apenas nos vemos. Miramos más a los 30 que a los 20 y a mí se me ocurre hablarte de esa película donde cantan tu nombre y el protagonista decide enamorarse de una adolescente.

Me acuerdo cuando me acerqué a ti, fue mucho antes de que los años me transformaran de ingenuo a ignorante. Entonces yo era un niño con posibles que escribía cartas, chapurreaba acordes y quería quererte. Empezaba de nuevo, coño, ¡y con qué ganas!; siempre es más cómodo dibujar tu vida con la pizarra limpia y ante unos desconocidos. Así es fácil desnudarte.

Unos cafés más tarde, tengo el diario lleno de páginas en blanco, entierro la década con el Crack del 29 y no te pido que lo entiendas, aunque no pare de explicarlo. Siempre ha sido así, ¿no? Te leía sus cartas en el Renacimiento, encontraba las palabras más apropiadas para venderme como amigo y te gustaban mis canciones. Eso me hacía sentir bien, y volvía sencillo analizarlo todo para luego restar a ese todo su importancia. Contigo siempre ha sido así, sencillo, encontrar palabras y sentir más propio mi buen humor. Ya te vale.

Enseguida comprendí que no tenía que demostrarte nada. Que tú ya habías elegido, y que no fue mi mano entrelazada fútilmente a la tuya. Ahora sé que mi intención no tenía que corresponderse con tu descuido. ¿Quién si no hubiera sido tu bufón y quién mi musa? Cada uno tiene su papel en todo esto, ya lo sabes, y los secundarios a veces son los que hacen que la película valga la pena.

escribiste esto en tu Wall

you´re young until you´re not
you love until you don´t
you try until you can´t
you laugh until you cry
you cry until you laugh

Regina Spektor - On the radio

Te lo he cogido prestado... ;)

miércoles, 15 de diciembre de 2010

quisieRa

Quisiera no tener que imaginarte,
no inventar conversaciones contigo:
las esquivas.
Quisiera no fracasar al buscarte.
Entrar en ti... y realizarme dentro,
si tú quieres,
para no salir mientras me consientas
y admitir, sin ánimo de cambiarte,
que no existes.